EL MAR DE SANGRE

                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En la oscura madrugada que precede al amanecer sombrío del invierno oriental, el Dama Afortunada se alejó del puerto de Flotsam con rumbo norte, a Jennison, en Nordmaar. La brisa helada no parecía un obstáculo para los marineros de la galera, que hacían las tareas de cubierta con el torso desnudo. La mayoría eran de etnia kalinesa, piel aceitunada muy bronceada por el sol. Otros eran bárbaros del mar, de piel oscura, casi negra, oriundos de Saifhum la mayoría. La primera oficinal era Undella Sem-Thal, una sacerdotisa de Habbakkuk procedente de Ergoth del Norte que apenas se diferenciaba en aspecto de los bárbaros del mar. Era una mujer ruda y, aunque bella y exótica, podía avergonzar fácilmente al más veterano lobo de mar. Como descubrieron sus invitados, el capitán y ella eran amantes. Lo que no quedaba muy claro era si mantenían exclusividad en su relación, como pudo vislumbrar LunaLlena ante los requiebros de Swift. La compañía se acomodó en la segunda cubierta, un poco justos de espacio, entre catres de paja y hamacas. Ellos no trabajaban; pero se comprometieron a defender el barco si fuera atacado. El capitán se dedicaba buena parte del tiempo a bromear y holgazanear. No parecía una persona demasiado seria que infundiera mucha confianza.

 

                       

                                                                                                                          

 

 

 

 

 

En la tercera jornada de navegación, en medio de las bajas temperaturas y la extrema humedad, el vigía gritó una advertencia:

 

          Niebla capitán. Se espesa por momentos. –

 

          Remeros, reducid a un tercio- contestó Vanith. La cadencia del tambor de la segunda cubierta, donde estaban los remeros, cambió a un ritmo mucho más lento. Cierta inquietud se extendió entre la tripulación.

 

El vigía alertó de la presencia de una isla formada por algas y sargazos, que flotaba a la deriva en medio del banco de niebla. De repente, el barco se detuvo con brusquedad. Había quedado encallado en las enredaderas marinas. El capitán Vanith marchó presuroso a hablar con su primer oficial. Della le informó del avistamiento de varios cascos de navíos, algunos de cierta antigüedad. Milos, por su parte, divisó una botella de cristal oscuro flotando a la deriva cerca del Dama Afortunada. Con la ayuda de un remero se pudo hacer con ella. Dentro, una vez sacado el tapón de corcho, había una nota arrugada y escrita en lengua khurita por ambas caras. Con la ayuda del capitán, pudo descifrar lo que decía:

 

 

 

“Vos habéis sido respetuosamente invitado a un gran encuentro en el norte..……, fuerzas leales al Señor de los Huesos……habilidades y experiencia como las vuestras prestarán un gran servicio……el usurpador, Lothian, y todos los que se alzan contra……Qwes, la ciudad en ruinas.”

 

 

 

En el reverso del documento había otra inscripción:

 

 

 

“bajo asedio en el casco de un barco naufragado por un grupo de necrófagos. Por favor, ayúdenme. Les espera una gran recompensa si me auxilian.”

 

 

 

 

 

 Mientras los marineros liberaban el Dama Afortunada de los sargazos, Swift organizó un grupo de hombres para inspeccionar algunos de esos viejos buques. La Compañía, por su parte, hizo otro tanto, no sin antes acordar con el pretencioso capitán el reparto de un 70-30% a favor del primero de cualquier cantidad de dinero o joyas que encontrasen. Poniéndose las armaduras y empuñando sus armas, salieron a caminar entre la densa niebla y el inestable suelo de vegetación acuática. No tardaron en encontrar un casco de una drómona inclinada y con la arboladura rota y caída sobre la cubierta. Ésta estaba agujereada por varios sitios y podían contemplarse desde arriba las cubiertas inferiores, plagadas de cajas, restos de velas, barriles, sacos y diversas sogas tiradas por doquier. Harral y Tyriel entraron los primeros con Kông, mientras que Oroner, LunaLlena y Milos los seguían a cierta distancia. Kamernathel y Puk se quedaron fuera del casco, con los ojos y oídos bien abiertos en medio de la niebla.

 

 

 

LunaLlena, Oroner y Milos bajaron a la segunda cubierta a pesar de la dificultad de la inclinación y de los crujidos que daba la madera podrida. Buscaron y rebuscaron en las cabinas de proa. De repente, la elfa dio un grito. Un cadáver putrefacto había cobrado vida y trató de agarrarla aprovechando la oscuridad del lugar. Casi al mismo tiempo, otros cadáveres de marineros se alzaron por todas partes. Gemidos de angustia y rabia les precedían. Harral y Tyresian fueron atacados en la popa del casco por cuatro de ellos que casi les hicieron perder el equilibrio por el susto repentino. El solámnico reaccionó con rapidez dando severos tajos y estocadas que rompieron la columna vertebral y las piernas de dos de ellos. El mago se mantuvo a una prudente distancia observando toda la escena y susurrando un conjuro que tenía en la punta de la lengua. En la segunda cubierta, Tyr y Milos se enfrentaban a varios de aquellos engendros. Eran horribles y terroríficos, pero no muy rápidos. La espada corta Fragmento de Luz, que portaba Milos quemaba literalmente la carne de aquellos seres, arrancándoles gritos de dolor de sus huecas gargantas. LunaLlena se subió a una caja y empezó a lanzar flechazos a diestro y siniestro, manteniendo a varios muertos a raya. La situación estaba controlada en menos de diez latidos de corazón. Harral bajó con Tyresian y se reunió con el resto que estaba en la tercera cubierta, donde Oroner había encontrado a un kobold vestido con una túnica negra empapada de agua y rota en diversos lugares. La pobre criatura decía llamarse Yap, y era un mago de túnica negra. Conservaba su libro de conjuros intacto y gracias a Tyriel, Tyresian no le obligó a entregárselo por la fuerza. Por su parte, Puk consiguió encontrar un cofre oxidado que pudo abrir para ver que había piezas de acero en su interior, además de diversos objetos y armas valiosas.

 

  

                                                                                                               

 

 

 

 

Una vez registrado todo el viejo barco, volvieron por donde habían venido con el exultante kobold mago de alta hechicería.

 

 

 

De vuelta al Dama Afortunada, Vanith Swift, con el rostro cansado y fatigado, decía que la exploración de otros pecios había resultado casi infructuosa. Apenas unas monedas y gemas….y un puñado de cadáveres. Por su parte, LunaLlena y Milos seguían con la exploración de la gran isla de algas a través de la densa niebla. Gracias a su paso más rápido y la ayuda de los lobos, encontraron en el centro geográfico, según su orientación, una muralla de algas de casi veinte pies de alto que circundaba a un extraño sauce sobre una loma de hierba verde limpia y clara. Se diría que era como un oasis de primavera en medio de aquel horror de oscuridad y algas. El sauce tenía una ligera forma humanoide. Y para sorpresa de todos los que se acercaron, sostenía a una niña de sólo unos meses de edad que dormía plácidamente en sus ramas que la acunaban como si fueran brazos.

 

 

 

Al tocar el muro de algas, les asaltó una visión:

 

 

 

Un tiempo remoto, en la costa de la vieja Istar, una joven druida de piel aceitunada y pelo negro azabache. Una servidora de Chislev.

 

Un atractivo marino de cabello corto y negro, piel morena y fuego en los ojos. La fascinación, el amor, el sexo….

 

 

 

Luego, en un suspiro, la tragedia. El marino ahogado, las lágrimas, la desesperación. La súplica enloquecida a la señora de la naturaleza. La silente respuesta.  La noche oscura, la rabia. La locura. Entonces la oración a la Señora del Mar:

 

 

 

          Devuélvemelo, Reina, y te daré lo que me pidas.

 

          Así será, Migerna, te devolveré a tu amado, pero vuestro retoño será para mi.

 

 

 

La luz del amanecer, el marino está ahí, vivo. El gozo, la risa, el amor, la boda, el invierno, la primavera. Y nació la niña.

 

 

 

Se olvidan las promesas. La Reina reclama lo suyo. Migerna se obstina y se niega. La Reina del Mar mata a su amado y a todo su barco. Sus demonios persiguen a Migerna. Ella huye tierra adentro.

 

 

 

Antes de ser alcanzada, el ruego arrepentido a la Señora de la Naturaleza.

 

          Protégeme mi señora, aunque no lo merezca.

 

Y la naturaleza la envolvió en su abrazo. El muro de vegetación se alzó y las aguas del cataclismo se estrellaron contra él. El tiempo y el dolor se toparon con la mano de Chislev. Nada podía pasar. Migerna y la pequeña estaban a salvo durante siglos. Pero la Reina del Mar era paciente y nunca lo olvidó.

 

 

 

Aquel día unos extraños la interpelaron. Tyresian le dijo que si la Reina del Mar exigía un sacrificio, ella debía morir para que su hija viviera. Migerna tenía miedo. Estaba horrorizada. Su rostro de corteza se retorcía. Pero era justo. Alguien debía morir. La locura del amor llevó a la tragedia. Migerna se entregó en manos de Zeboim y el bebé fue elevado en un haz de luz verde primaveral. El árbol desapareció. La isla de algas comenzó a desmoronarse por momentos. Todos huyeron al barco a la carrera. La magia antinatural que mantenía aquella isla artificial había desaparecido. Los pecios se hundieron definitivamente al fondo marino, donde moran las grandes bestias de las profundidades y extrañas criaturas que se ocultan en la oscuridad.

 

 

 

La travesía continuó por la noche. Muchos trataron de dormir. Pesadillas y angustiosas premoniciones acecharon a tripulantes y pasajeros por igual. El capitán Swift se sentía indispuesto. Della se mostraba nerviosa y a la vez interesada en su compatriota Milos. El tiempo empeoraba.

 

 

 

Las inquietantes sensaciones se materializaron al salir el sol tras una gruesa capa de nubes negras y una lluvia fina y fría. Luego llegó el viento, la tormenta, la mar encrespada. Y por fin, el grito desgarrado del vigía:

 

 

 

          Melmanas!!!!!!!!!!- Los dioses nos asistan. Y el caos estalló en la nave. Las olas zarandeaban el barco y Della gritaba a todos: ataos, desgraciados, bajad a las cubiertas, arriad las velas.  –

 

 

 

Pero muchos cayeron al agua. Un brutal impacto rompió el barco casi por la mitad. Un monstruo marino de gigantescas dimensiones. Una ballena putrefacta que transportaba el terror y la podredumbre. Dos pulpos gigantes se agarraron a proa y popa para rematar el trabajo. Los que no se escondieron o ataron debidamente cayeron por la borda. El agua inundaba todo el navío por las vías abiertas en el casco. Cuando todo parecía condenado, un grupo de extraños elfos semidesnudos de piel azul oscura y largos cabellos, armados con tridentes y ballestas treparon a la borda. Al frente iba un caudillo de aspecto hosco y complexión musculosa. Habló en primer lugar a los elfos:

 

 

 

 

 

                                                                    

                                                                                       

 

 

 

 

 

 

 

          Deponed las armas o nos marcharemos ahora. – La desesperación hizo el resto. Oroner estaba en el agua y a duras penas salió a la superficie, donde se agarró a un cabo que le tendió un compañero.

 

 

 

Kông se salvó de morir ahogado en el último suspiro, cuando apareció flotando en la superficie del encrespado mar. Los despojaron de armas y objetos de valor y fueron obligados, contra todo sentido común y para horror de ellos, a entrar en la boca de la ballena no muerta, Melmanas, para ser llevados a un pueblo dargonesti llamado Surf, donde su suerte sería decidida.

 

 

 

Ante la posibilidad de ser dejados allí en el barco que se hundía por momentos, aceptaron entrar en la boca del monstruo, donde la putrefacción y los gases que se desprendían les hicieron perder la consciencia.

 

 

 

Cuando despertaron en aquellas celdas de paredes de coral; desarmados, mojados, agotados, divididos por parejas o grupos de tres, notaron el sabor amargo de la bilis en la garganta. Alguien sacó a los elfos de sus celdas. Hablaban un dialecto élfico extraño, con sonidos ligeramente guturales, como si se hablara bajo el agua. Kamernathel, Tyresian y LunaLlena fueron liberados por cuatro dargonestis, tres hombres y una mujer, que les informaron de su penosa situación. Sólo tenían una oportunidad para salir de aquello y evitar el sacrificio de todos en el altar de la Señora del Mar por Makwur Saal, un yrasda, ogro marino, su fiel servidor.

 

 

 

Los detalles de lo que los tres debían hacer para sobrevivir casi les hizo perder el conocimiento. De alguna manera, los elfos estaban controlados por el demoníaco Makwur Saal y una extraña ventosa adherida a sus cuellos. 

 

 

 

Las horas transcurrieron con angustiosa lentitud en las celdas. Les dieron de comer un guiso de pescado que podría haber sido mucho peor. Los solámnicos no soportaban bien los gritos desgarradores que llegaban del piso superior. Uno a uno fueron sacados de sus celdas y llevados con los ojos vendados a una sala en lo alto de aquella extraña ciudadela de coral. Fueron a parar a una asfixiante sala oscura, apenas iluminada por pequeños globos de luz verde oscura. Por allí pululaban extrañas criaturas de aspecto escamoso y marino, de grandes ojos y armados con lanzas siniestras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                  

 

 

 

 

 

Un olor a sangre y vísceras se hacía insoportable por todo el lugar. Un ogro alto y de piel verdosa, de dedos palmeados y mirada penetrante, flanqueado por otro individuo similar pero mucho más corpulento y con la cabeza encapuchada, hablaba con voz metálica y gorgoteante. Decía llamarse Makwur Sal, servidor de la Reina del Mar. Junto al otro ogro, había una espantosa máquina de tortura. Una dama de hierro manchada de verdín y sangre. El sudor recorría la espina dorsal de los prisioneros. Kông fue el primero en afrontarlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El interrogatorio fue sencillo y claro. Primero se negaron a contestar. Cuando entraron en el monstruoso instrumento y notaron las afiladas púas en su cuerpo, respondieron a las preguntas con precisión. Cuando la sangre corría, cuatro dargonestis, dos hombres y dos mujeres, de piel pálida y ojos rojos, se acercaron y mordieron con afilados colmillos en cuello y muslos a cada uno de ellos.

 

 

 

 

 

 

 

Milos, tras observar la tortura, violación y sacrificio de Della ante Makwur Sal por mano de Oroner y su daga curva y negra de Hurim, entregada en el momento del clímax, trató de atacar al caballero, pero fue detenido por los extraños hombres pez. Milos fue atado de espaldas a dos maderos cruzados y azotado por el nerakés con su látigo, el Fustigador del Infierno, hasta casi la inconsciencia. La sangre derramada fue absorbida por los cuatro dargonesti.

 

 

 

                Puk trató de resistirse igual que los demás y fue metido en la dama de hierro. Llegó a su celda casi desangrado. Igual sucedió con los solámnicos, pero éstos fueron amenazados con la muerte de algunos de sus compañeros y su sangre drenada sin necesidad de meterlos en la dama de hierro.

 

 

 

Los tres elfos, en cambio, fueron sometidos a diversos abusos, humillaciones y otras torturas a manos de Lankaos, Veylora y otros dargonesti en uno de los edificios de coral de Surf habilitado como lupanar para el solaz de la élite del pueblo. Los detalles de aquellos nefastos sucesos van más allá del objetivo de esta crónica. Fueron sólo dos días, pero a ellos les parecieron una eternidad.  Jolnen, el liberador, acompañado de su compañera la sacerdotisa de Kailthis y su hermano y cuñado, cuidaron de ellos como mejor pudieron. Les consolaron y les alimentaron.

 

 

 

Mientras Tyresian, usando su magia, investigaba en los lindes de Surf la grieta donde habitaba un aboleth, tal como les dijeron sus liberadores, Kamernathel y Lunallena lloraban y se lamentaban de la vergüenza y el asco que sentían por lo que se habían visto obligados a hacer.

 

 

 

El siguiente día fue, si cabe, peor, puesto que todos ellos estuvieron presentes atados y arrodillados para ser testigos de aquel terrorífico espectáculo. Oroner y Yap no estaban atados. Makwur Sal les anunció al final del día que serían liberados para seguir su camino, pues lo que llevaban debía ser portado a Nordmaar.

 

 

 

Traumatizados, deshechos y rotos, fueron llevados a nado por fornidos dargonesti a la superficie, llevando la mayor parte de su equipo. Dieron con sus huesos en una playa rocosa de arena negra, donde se