CAPITULO I  
“Una misión y una partida”

Diario de campaña del Teniente James Nathaniel Murdock del 9º de Connecticutt.

Entrada 115.
La espera ha sido enloquecedora, pero las operaciones del almirante Farragut han sido todo un éxito. Desde el Delta del Mississippi, sus naves lograron abrirse paso a través del rio y de las defensas rebeldes, hasta alcanzar Nueva Orleans. La ciudad cayó, sólo que la mayoría de su población se resiste a reconocerlo. El rencor y la ira parecen acumularse en las húmedas calles como si se trataran de un desecho más. Ahora es nuestra, pero no puedo evitar pensar a cada momento: ¿por cuánto? ¿lo fue alguna vez?

Pero llegar hasta aquí fue agotador. La Campaña del Golfo se ha saldado con un saldo aterrador de tensión e incertidumbre. Los sacrificios son innumerables y difíciles de explicar. En mis oídos aún retumban los cañonazos, los gritos de los hombres, los latidos de un corazón a punto de desfallecer… y mis recuerdos sobre todo aquello son distantes, como sueños que otra persona me contó. Casi sigo sin poder explicar qué decisiones tomé y cómo llegué aquí. Apenas han sido unos pocos meses, pero parece que toda mi vida ha transcurrido en el frente. No quiero contar ni imaginar los muertos en mi haber. Sería una cuenta que pesaría como una condena.

Hace unas semanas, presenté una solicitud de baja. No obstante, el general Butler se entrevistó conmigo, habló de su falta de efectivos, del coraje con el que había cumplido con mi deber y de una nueva misión que se me encomendaría pronto. La conversación siguió entre trivialidades y brandy hasta que colocó un elegante estuche de madera sobre su escritorio. Con él reconocía mis actos de servicio. Contenía un revólver, un obsequio fabricado por uno de los mejores maestros armeros de Nueva York. Todavía hoy me parece que sus líneas tienen, al mismo tiempo, algo delicado, hermoso y amenazador. ¿Por qué nos fascinan tanto? Las armas son un imperfecto esbozo del poder de Dios. Nos sentimos, al tocarlas, al portarlas, como si tuviéramos un pequeño y breve fragmento de ese poder que alabamos y maldecimos a la vez. El poder de forjar un destino a costa del de otros.


Ahora recorro los tugurios de Nueva Orleans, con demasiado de ese ardiente licor en mis venas. Los días pasan en una quietud tensa, miradas asesinas, amigos de borrachera –los menos fiables de todos- y juegos de cartas. Apenas duermo. La noche reclama mis deudas y no soy capaz de conciliar un sueño que se me antoja una salvación lejana que no merezco.

Bueno, en cualquier caso, por fin he recibido nuevas órdenes. Esta mañana recogí los despachos que describían mi próxima misión. Hay una extensa plantación hacia el NO, entre Baton Rouge y Nueva Orleans, algo distante y rodeada de pantanos y de un sinfín de canales cenagosos. Se llama Belle Grove y nuestro objetivo es evitar que se convierta en un punto de apoyo para los guerrilleros confederados. Así, debo adentrarme en la región para asegurarnos que su propietario presta juramento a la Unión. El clima de esta ciudad ya es lo suficientemente pesado y pegajoso como para imaginarme entre esas aguas estancadas, con nubes de mosquitos y esos malditos caimanes. En cualquier caso, supongo que esto es mejor que volver al frente.

Puedo contar para ello con el sargento Nicholas Webb. Su veteranía y fidelidad sin duda han sido un pilar en el que nos hemos apoyado todos en esta guerra. También me han asignado a un soldado, Robert Bayard, quien lleva poco tiempo con nosotros. Su falta de experiencia y juventud hacen que me alegre de que esté bajo mi mando en esta ocasión. No creo que durante estos días haya riesgo alguno para su persona, y eso es una bendición para cualquiera.

Para completar la tripulación de la barcaza que nos han confiado con este objeto, con el irónico nombre de “Démeter” –nunca se encomendó a una diosa griega embarcación tan humilde-, contaré con un par de milicianos y un guía oriundo de la zona. Dos marineros se encargarán de la caldera y el manejo de la nave. Así, ascenderemos por el Mississippi hasta llegar a nuestro destino.


Entrada 116.


El barrio de Algiers se encuentra en la otra orilla del río, frente a Nueva Orleans. En los muelles se extienden multitud de almacenes, talleres, astilleros y barracas de todo tipo. Ahora, el Ejército ha militarizado la zona y ha levantado un campo de prisioneros donde permanecen, en condiciones infrahumanas, los soldados y simpatizantes capturados al enemigo.

Aquí, mientras finalizaban los preparativos para el viaje, me reuní con las nuevas incorporaciones a mi “pequeña unidad”. Quería informarles de la misión y dejarles claras un par de cuestiones. Los milicianos pueden ser desde hombres con buena voluntad pero faltos de conocimiento o habilidad, hasta díscolos forzados o simpatizantes confederados. Con esta gente hay que tener un poco de mano izquierda, pero también hay que dejarles muy claro dónde se encuentran los límites que no deben cruzar.

Así lo he hecho con O´Neal, White-Álvarez y el guía, Malraux. El primero, Joseph O´Neal, parece ese tipo de persona que se ha hecho a sí mismo, que cuenta con la experiencia de años saliendo adelante en las calles. Parece que, de todos ellos, puede ser el más resuelto en una situación de combate.

El segundo, Lorne White-Álvarez, es un criollo educado, probablemente de familia venida a menos con la guerra. No he de negar que me ha agradado mucho que tengamos esta oportunidad de conocernos. Rescatar a Baudelaire o a Lord Byron de lo profundo de mi memoria es un goce tal que, ante la simple expectación, un escalofrío recorre mi cuerpo. Quizás así, durante unos breves momentos, escape de esta guerra.

En cuanto al guía, Gêrome Malraux, es uno de esos cajunes tan pintorescos. Parece bastante independiente y quizás sea un problema mantener una disciplina militar con él. En cualquier caso, nuestra suerte en el interior de los pantanos está en sus manos. He escuchado hablar sobre cuán traicioneras pueden ser esas tierras y aguas.

Mi discurso fue breve pero directo. Expuse la misión esencial, esto es, que debemos llegar a la hacienda y plantación de monsieur Jean Baptiste Gaspard Philippe de Osnard –su nombre, como el de los nobles europeos, es mucho más largo-. Este terrateniente envió algunos cadáveres de soldados confederados a la ciudad tras la rendición de ésta, no sé si con la intención de demostrar su adhesión o, simplemente, cubrirse las espaldas.

Una vez allí, cerciorarnos de hacia dónde se dirigen verdaderamente sus simpatías, si hacia nuestra causa o, por el contrario, hacia la rebelde –algo que tampoco me extrañaría: quizás los cuerpos de los confederados que envió fueron un simple montaje o, peor aún, un asesinato-. Aunque parece algo relativamente sencillo, no puedo obviar la posibilidad de la desagradable situación de que este tal Osnard sea afecto a los rebeldes y, teniendo en cuenta el número de mis hombres, decida adoptar una posición beligerante.

Una vez cargada y reparada la “Démeter”, partimos de Nueva Orleans. En el último momento, un correo militar me hizo llegar nuevos informes. La misión se complica. Al parecer, se han detectado movimientos de fuerzas enemigas en la zona, quizás restos de unidades que quedaron rezagadas cuando los sureños evacuaron Nueva Orleans. Además, un tal “Coronel” Jackson, o Caleb, se dedica a sembrar el pánico al mando de irregulares.

A los rumores que traen las patrullas se suman otros sumamente preocupantes. Distintas fuentes hablan del ironclad CSS “Lafitte”, gemelo del CSS “Mississippi”. Nuestros informes de inteligencia afirmaban que ambos buques nunca llegaron a estar operativos. Sin embargo, se dice que los rebeldes trabajaron en turnos draconianos de 24 horas para botar al “Lafitte” y que, aunque no llegó a participar en los combates, consiguió salir de los astilleros y escapar antes de la capitulación de la ciudad. Algunos cuentan que aún llevaba cuadrillas de operarios trabajando a bordo cuando se internó rio arriba, pero otros señalan que en su interior ya se habían montado o estibado las piezas de artillería de su dotación. Es extraño que semejante buque se pierda sin rastro, por lo que las complicaciones se multiplican.

 


No obstante, a mis hombres sólo les informaré de lo fundamental. De nada sirve infundir miedo. Todo oficial aprende a controlar la información por mal que le pese. Todo hombre tiene un límite, y pintarle un horizonte oscuro tiende a traspasar el de cualquiera. Habrá que actuar con cuidado y la mente fría. No tengo ninguna intención de convertir esto en un suicidio, ni para mí ni para mis hombres.

Tras hablarlo con Webb, llamo al resto y les advierto de las precauciones que han de tomarse a bordo. Encomiendo al sargento que les enseñe cómo actuaremos en términos de guardias y armas. No nos deben coger desprevenidos. Esta es la primera regla de oro para sobrevivir a una guerra.

CAPITULO II
“Los peligros  de los bayous”

Entrada 119.

Continuamos nuestro viaje, ascendiendo a través de distintos meandros del Mississippi. Las horas pasan y sobre nosotros llega a caer un repentino aguacero que apenas suaviza el ambiente sofocante, húmedo y caluroso de la marisma.

Escribo esto mientras tomo algo de café que me ha traído un marinero. Mi paladar está inundado de ese desagradable sabor metálico tan característico del agua de la caldera. O´Neal se ha puesto al timón, seguramente para combatir el hastio de la jornada. Sé que algunos están jugando a las cartas a pesar de que no debería tolerarlo. Pero, demonios, esto aburre a cualquiera.

Antes de que anocheciera hicimos un alto para rellenar con tierra unos sacos y disponerlos a ambas bandas, ofreciendo un exiguo parapeto. La precaución nunca es suficiente y a cada paso que damos temo que podamos tener un encuentro desagradable. He establecido las guardias y el sargento se ha encargado de enseñarles lo básico a los milicianos. Si hay pelea sabrán defenderse.


Fondeamos en un recodo y apagamos la caldera. Mientras dábamos cuenta de la cena, Lorne nos contó que, antes de la guerra (hace ya algunos años) llegó a coincidir en alguna ocasión con Monsieur Osnard en Nueva Orleans, casi siempre durante los oficios religiosos de la catedral de San Luis. Nos lo describió como un criollo de origen francés, rubio, de tez clara y siempre vestido con un elegante traje blanco. Su padre, relató, a veces había hecho negocios con el padre de Osnard y mucho tiempo atrás, siendo poco más que un adolescente, visitó una vez Belle Grove.

Más tarde descubro que tampoco esta noche soy capaz de dormir. Hay demasiados rostros en la oscuridad. Acusadoras, melancólicas, iracundas, sus voces surgen de la nada para recriminar, clamar o, simplemente, lamentar. Creo que hay algo más allá de mi propia paranoia o culpa, algo que explota mi debilidad, que se divierte con ello. O no, y todo es un intento de hallar una vía de escape ajena a mi propia responsabilidad. La vida podría ser mucho más sencilla pero todo se complicó desde que bajamos de los árboles.

Seguramente habré vagado como un fantasma por la cubierta de la “Démeter”, asustando con ello a mis nuevos hombres. Webb ya está acostumbrado a ello, aunque cada día parece que me mira con mayor preocupación. Adivino sus pensamientos. Cree que estoy al borde de la ruptura con la realidad, que en un instante puedo terminar cediendo a aquello que me atenaza, el temor a la batalla, el pavor de la muerte. Mas estoy al mando y eso es algo que el sargento entiende y respeta. Y me niego a desfallecer, a rendirme a la locura. Le debo eso a los que están bajo mi mando.

Entrada 121.
Nos encontramos en un atolladero.

Esta mañana amaneció con una ligera bruma colgando sobre el rio. Todo parecía indicar que sería otra monótona jornada sin más que hacer que ahuyentar los mosquitos y alimentar la caldera, cuando llegó a nosotros un ruido. Al principio era un eco sordo traído por la escasa brisa. Pronto escuchamos los cañonazos. Temía que nos diéramos de bruces con el acorazado “Lafitte”, pero con lo que casi chocamos fueron los restos semihundidos de otra barcaza. En la orilla pudimos ver a un soldado agitando los brazos frenéticamente y corriendo en nuestra dirección. Nos dio el alto. La orden fue acallada por un nuevo disparo. Mientras O’Neal maniobraba reduciendo la velocidad y preparándose para atracar la “Démeter”, un alto surtidor de agua se levantó a menos de una decena de metros.

Cuando desembarcamos a una distancia más segura, el soldado se cuadró rápidamente al reconocer mis galones y le pedí que nos condujera al oficial al mando. La situación era caótica. Vimos varios caballos que huían espantados, como si reconocieran mejor que nosotros que aquello era una locura. En la lejanía pudimos distinguir una colina sobre la que ondeaba una ajada bandera sudista. A cierta distancia y tras la protección que ofrecía una castigada arboleda se levantaba un campamento de la caballería federal.

En el momento en que llegamos, menudeaban los disparos de armas ligeras y los soldados de una y otra parte intercambiaban amenazas e insultos. Con mucha precaución nos acercamos al campamento, donde presenté nuestras credenciales a un capitán con aspecto abatido. Él nos informó que su inmediato superior, al mando de la compañía, había perecido durante el primer y único intento de desalojar a los rebeldes de aquella posición. Desde allí, los confederados se habían hecho fuertes, bombardeando a los nuestros y a las embarcaciones que pasaban por ese brazo del río.

Quizás mi entendimiento estaba alterado por el insomnio, pero me pareció claro desde ese mismo momento que intentar pasar delante de la batería sudista supondría una decisión errónea, una arriesgada apuesta que terminaría en tragedia. El capitán parecía paralizado por la pérdida de su superior, por lo que tampoco podía confiar en que hiciera nada activo por eliminar el peligro. Le pregunté al guía si habría otra forma de llegar a la hacienda de Belle Grove, si tan necesario era seguir el curso de agua. Su categórica respuesta terminó por decidirme. No podíamos arriesgarnos a perder la “Démeter”, ya que internarnos en los pantanos a pie supondría una pequeña odisea de resultado incierto.

Estoy decidiendo el plan de acción. Parece que disponen de un único cañón y que los artilleros hacen fuego de manera un tanto errática (nuestra pobre enseña, que ondea triste y demacrada, ha resultado ser su blanco favorito). No deben de ser muchos, convenientemente parapetados, pero quizás ya escasos en munición, tino y ánimo. Al fin y al cabo están atrapados allí arriba, en un territorio que poco a poco les está siendo arrebatado. Pero entre los peligros que suponen, hay uno que parece haber minado especialmente la moral de nuestros. Se trata de un tirador rebelde provisto de un buen rifle y una excelente puntería. Ya me han advertido de él y, en efecto, parece bueno.

Por desgracia, el capitán de la compañía de caballería no es muy receptivo a mi propuesta de que asalte la posición. Ante su falta de iniciativa, he sugerido realizar un ataque conjunto: fijando al enemigo con fuego de fusilería y llevando a cabo un ataque por ambos flancos. Pero para ello tendré que comprometer a mis hombres. No sé si es la mejor opción, ya que no contamos con el apoyo de ninguna pieza de artillería, pero hay que hacer algo. Como ya he dicho, confío más en nuestra fortaleza que en nuestra fortuna. Si todo sale bien, eliminaremos el peligro con algunos heridos entre nuestras filas. Probar suerte pasando como patos de feria ante la batería es como arriesgarse jugando a la ruleta. Y odio jugar. Siempre pierdo.

Mi idea es que mientras nos ponemos en movimiento, dos jinetes atraigan la atención. Sé que no durará mucho, pues la cobertura que ofrece el terreno para un avance sigiloso es mínima, pero quizás proporcione el tiempo suficiente como para que los sudistas no se percaten de la situación exacta y, al menos, servirá para distraer al temido tirador. Le he pedido al capitán a su mejor hombre para que cabalgue por la orilla del río y, por mi parte (no puedo dejar que nadie asuma la responsabilidad de semejante situación) haré lo propio por el otro lado.

A pesar de las reticencias naturales de los milicianos, nos encargaremos del flanco derecho. La arboleda contigua supondrá una pequeña ventaja. Malraux, el guía, ha vuelto a manifestar que es alguien ajeno a la unidad, un contratado, alguien que no tiene por qué arriesgarse en esta situación. Tal y como les dije el primer día, bajo mi mando no hay lugar para independientes. Tuve que adoptar una posición férrea: Malraux combatirá con sus nuevos hermanos, pues ellos lo harán cuando él lo necesite. Sin esa certeza, nada tiene sentido.

El sargento Webb acata las órdenes de manera impasible, profesional. No sé si le parece bien el plan o por el contrario piensa que es el último clavo a mi ataúd. En cualquier caso, con esa convicción implacable que parece guiarle a cada paso, se encargará de que todos cumplan su papel, especialmente Malraux. Cuando la voluntad propia no es capaz de ponernos en movimiento, para eso está la disciplina militar. Preferiría que fuera de otra manera, pero es la única forma de afrontar la próxima batalla.

Acabo de comprobar las cinchas de mi montura. Utilizaré la bandera de la compañía para atraer más la atención. Espero que todo salga bien. Mis ojos cansados observan el que será nuestro campo de batalla y, durante unos segundos, todo parece imbuido de una extraña calma. Mi cabeza está sorprendentemente tranquila antes del combate. Creo ser más consciente que nunca de la luz, la brisa, el olor del terreno y hasta el más mínimo murmullo me parece dotado de una cierta musicalidad…


Alguien me saca de mi ensueño. Mi corazón late acompasado. Ha llegado el momento.

Dios, tus hijos van a luchar por sus rencillas. Acoge sus muertes como tributo a tu inefable gloria.

(A partir de aquí la letra cambia, la elegante escritura es sustituida por otra más forzada).

Acabo de terminar de leer lo que el Teniente Murdock ha escrito a lo largo de estos días. He decidido que continuaré este diario.

El asalto a la colina fue como cabría esperarse. Un pequeño Infierno creado a nuestra medida en medio de un lugar al que no pertenecemos. No creo que el Teniente fuera consciente de que se dirigía al encuentro con la muerte. Era un plan absurdo, temerario, montado en ese caballo zaíno, ondeando una bandera agujereada y clamando al cielo para que el maldito tirador le dedicara sus cinco sentidos. No sé quién le mató y, si lo hubiera sabido, probablemente hubiera hecho algo realmente estúpido de lo que me habría arrepentido toda mi vida.

Al principio mi preocupación fue hacer que el guía cajún y los milicianos marchasen hacia el objetivo, pero creo que una vez empezó todo respondieron razonablemente bien. Avanzamos bajo el fuego rápidamente y con las bayonetas caladas. La distracción y la cobertura fueron suficientes como para que alcanzáramos el flanco enemigo sin mayor percance, pero subir colina arriba fue otra cosa. Creo que O´Neal quedó atrás, cubriéndonos o atenazado por el miedo, no lo sé.


Antes de coronar la cima, esos sureños ya sabían que aquello iba en serio. Ahora ya oíamos perfectamente sus voces y todo indicaba que se preparaban para intentar detener el asalto intensificando sus disparos y cargando el cañón con metralla. Llegamos arriba al límite de nuestras fuerzas y saltamos el parapeto rebelde con un último esfuerzo.
El combate fue rápido y confuso. Los disparos a quemarropa, los golpes de bayoneta y los gritos se entremezclaron ante mí en medio de una creciente nube de pólvora.

Desgraciadamente, no conseguimos evitar una última descarga de metralla que se centró en el grupo que atacó por el lado opuesto. Después de eso, la resistencia se fue debilitando y cuando los primeros rebeldes comenzaron a arrojar las armas todo acabó. Quedaron los suficientes como para que se pudieran tomar un puñado de prisioneros, tan sucios y enardecidos como nosotros.

Haciendo el recuento de bajas, pude prestar algo más de atención a mi alrededor. El lugar había quedado sembrado de heridos y cadáveres. Aquí y allá pude observar restos de cajas de munición, una sorprendente cantidad de botellas vacías de whisky y un segundo cañón apoyado inofensivamente en el suelo. La boca de esta segunda pieza tenía el aspecto de haber reventado, gracias a Dios, en algún momento previo a nuestro ataque.

Malraux, cuyo comportamiento me sorprendió en la batalla, acaba de encontrar a un sureño que trataba de pasar desapercibido ocultándose entre este caos de cuerpos y equipo. Nos maldice y por un instante el cajún debe incluso encañonarlo con su escopeta, nos odia y es apenas un muchacho.

Fue entonces cuando pregunté por el Teniente. Lo ví caído ladera abajo, con el sable a poca distancia. Había dirigido su caballo para remontar la colina, para abrir nuestra marcha. No era un cobarde, no. La guerra le había cambiado, como hace con todos, pero a él le había afectado de la forma que sólo afecta a los idealistas, a los románticos. Quizás alguien como yo simplemente aprende a sobrevivir y sólo espera eso. Volver a casa, donde probablemente no vuelva a saber lo que hacer como una persona normal. Pero James Nathaniel Murdock era de otra pasta. Se aferraba a los valores y sentimientos que la guerra suele borrar, condenar al olvido. Pervertidos eso sí, transformados en otra cosa. En culpa, en responsabilidad, en dolor. El Teniente galopó hacia su destino.


Recogí su arma, la que el general Butler le había regalado. No quería que terminara en manos de algún bastardo, como por ejemplo este inútil capitán que seguramente ahora recoja los laureles de esta “victoria”. Muchas cosas valiosas desaparecen en manos de mezquinos y cobardes. Mi intención es entregarla a su familia, como una muestra de que Murdock lo dio todo por la causa y sus hombres. Por supuesto, encargué que su cuerpo fuera enterrado lejos de esta nauseabunda ciénaga, se lo deben. Pero ese tipo de cosas también tienden a perderse. Así que no sé, si sobrevivo a esta guerra, si podré visitar su tumba.

Ahora estoy al mando. Bob Bayard hará las veces de cabo. Los hombres están exhaustos, doloridos, después de lo que quizás haya sido la primera batalla de sus vidas. La barcaza navega por el agua estancada. Continuamos nuestro viaje, lamiendo nuestras heridas.

Sargento Nicholas Webb.



CAPÍTULO III
“Perdidos en la niebla”

Entrada 123.


La maraña que conforman los pantanos de Louisiana es un laberinto natural para cualquiera ajeno a ellos. El guía cajún, no obstante, se muestra tremendamente reflexivo en cada decisión que toma. La neblina sólo nos suele acompañar hasta que el sol está lo suficientemente alto como para dispersarla, pero la ruta a seguir, tan clara en los planos, es difícil de trazar.

Dejando atrás los restos de la batalla de la colina, hemos continuado navegando hacia la hacienda de Osnard. Los ánimos están bajos y la situación no parece mejorar. Actuamos con cautela, avanzando lentamente y fondeando por las noches en las orillas, con la caldera apagada para no alertar a ningún posible enemigo.

Ayer permití que Bob, que últimamente parece más agitado de lo normal, estirara un poco las piernas. Tras discutir con Malraux, Bob insistía en que vendría bien realizar una pequeña patrulla por los alrededores de la zona en la que anclamos. Desafortunadamente, el viaje había apurado hasta las últimas horas de luz y las condiciones no eran las más adecuadas, ya que el crepúsculo había convertido a las inmediaciones en un paisaje incierto. Así que corté rápido la desavenencia y pospuse la pequeña expedición hasta contar con unas condiciones más favorables. A la mañana siguiente, fueron tres los que finalmente saltaron a tierra. El miliciano Lorne se ofreció para acompañarlos.

Regresaron casi una hora después, nerviosos y con los ojos brillantes a causa de la inquietud y la excitación. El informe que relataron me llenó de preocupación. Al parecer, estaban a punto de volver cuando los alertó el rumor de algo que se movía entre la bruma. Apenas se habían agazapado cuando la niebla comenzó a insinuar algunas siluetas en movimiento y, después, una leve brisa desveló por unos instantes a un grupo sucio y famélico, los restos de alguna unidad de soldados o guerrilleros confederados. Estaban tan cerca que Bayard y los demás pudieron distinguir sus rostros cansados y que solo unos pocos vestían alguna prenda del uniforme del Sur. La suerte quiso que no fueran detectados y los sureños se perdieran nuevamente sin reparar en ellos.

Hay que reforzar las guardias. Toda precaución es poca.


Entrada 124.

Empiezo a estar preocupado. El tiempo pasa y no llegamos a Belle Grove. Sólo hay más y más de esta infernal marisma que parece no tener fin. He encargado a Bob que vigile al guía. En un descuido tuve la oportunidad de observar que tenía un buen fajo de billetes confederados. No sé si nos está conduciendo por el camino equivocado, pero las excusas se le están agotando, y no parece que lleguemos a ningún sitio.


Entrada 125.


Sin duda, esta noche ha sido… difícil. Ya desde la mañana la cara de Malraux parecía preocupada y durante el resto de la jornada se constató que habíamos perdido el rumbo. Así, terminamos llegando a los restos de un desvencijado embarcadero, ajado y maltratado por la humedad del pantano y la dejadez de muchos años. Ante nuestros ojos se desplegaban las ruinas de una pequeña población. Apenas una decena de casas reclamadas de nuevo como parte del pantano.

Malraux reaccionó negativamente al descubrimiento. Nos contó que habíamos ido a parar a Manchac, una región insalubre y semi-inexplorada sobre la que corrían multitud de cuentos y leyendas. Lo que atisbábamos allí, ese puñado de edificios entre los árboles, era el testigo de las muertes que se decía que ocurrieron en este lugar, de la huida de los pobladores originales y su abandono. Aquel asentamiento fue una antigua colonia de familias holandesas, traídas por las viejas autoridades coloniales de Louisiana para tratar de drenar estas tierras mediante diques y bombas. Sin embargo, las fiebres debieron diezmar el lugar, sembrando la comarca de ruinas y cementerios. Una tras otra, el guía fue relatando las historias que desde su niñez le habían infundido un respeto especial por el pantano.

Nos internamos entre las ruinas, buscando alguna señal de vida. Caminamos en silencio durante un tiempo que no sabría determinar y sólo puedo asegurar que había algo inquietante en aquel sitio. Todos los hombres hablaban en voz baja y a nadie escapó ese algo que envuelve a ciertos lugares y que no se puede explicar con palabras. ¿Habían sido las extrañas historias de Malraux? ¿Tanto nos habían sugestionado sus palabras? Allí no parecía haber nada más que desolación, abandono y olvido. Sin embargo, no todo parecía muerto. Algunos de los nuestros murmuraban sobre haber oído algo aquí o allá. Pero lo más preocupante fue que O’Neal afirmó haber escuchado a alguien cantar a lo lejos. En esta tesitura, Malraux volvió a insistir en volver. Lo cierto es que estaba a punto de dar la orden, pues parecía que no había nada más allí que fuera necesario investigar y el atardecer empezaba a alargar cada vez más las sombras. Pero Joe insistió en examinar los alrededores. Decidí que llegados a este punto, merecía la pena seguir su corazonada.


Poco más allá había un antiguo cementerio casi devorado por la vegetación. Un buen número de tumbas torcidas y un par de mausoleos rodeados por desvencijada verja de hierro. Las lápidas se alzaban cubiertas de musgo y enredaderas en medio de un mar de maleza y arbustos que casi las habían engullido por completo. Pero este lugar parecía menos solitario de lo que aparentaba a simple vista: el terreno y la vegetación marcaban el paso de unos pies desnudos que se detenían ante una lápida desgastada. Me acerqué a la tumba y observé que alguien se había molestado en colocar un puñado de sal sobre ella. No sé mucho de estos temas, pero recuerdo haber escuchado de compañeros más supersticiosos que yo que la sal protegía de los malos espíritus. La inscripción de lápida, casi borrada por el tiempo, identificaba a una mujer muerta hace casi cien años al dar a luz. A punto de darme la vuelta, una pequeña figura llamó mi atención. Una muñeca de porcelana sucia y desgastada reposaba junto a la lápida, algo completamente fuera de lugar en este tétrico entorno. Con un escalofrío, volví con el resto y despejé sus temores: allí no había nada y era momento de darse la vuelta.

Y, sin embargo, aquella noche, en la guardia, escuché una voz perdida que cantaba en francés algo similar a esto:


Lune, quel esprit sombre
Promène au bout d’un fil,
Au bout d’un fil dans l’ombre,
Ta face et ton profil?

N’es tu rien qu’une boule?
Qu’un grand faucheux bien pâle?
Un grand faucheux qui roule,
Sans pattes et sans bras?

Est-ce un ver qui te ronge,
Quand ton disque noirci
Quand ton disque s’allonge,
En croissant rétréci?

No es una lengua que domine, pero su tono triste se conjugaba con un aire juguetón, propio de una canción infantil. Esa voz nacida de lo imposible, algo que no podía ser fruto de mi imaginación, cantaba un sinsentido perturbador sobre una noche sombría, sobre la luna y un espíritu oscuro, un segador enorme que rueda, sin piernas ni brazos.

Creo que eso pudo ser lo que Joe escuchó, aunque me resisto a preguntarlo. Quizás no lo sepamos nunca con certeza, pero en torno a esta colonia vacía y olvidada, hay algo siniestro y extraño.

Partimos. Trataremos de volver a un afluente reconocible del Mississippi, desde el cual intentar corregir nuestro rumbo.

 


Entrada 126.

Hemos perdido el rastro del rio y nos hemos adentrado en una zona donde el agua parece estancada y los contornos de las orillas se han desdibujado por completo.

La Démeter avanzaba a través de una inmensa ciénaga salpicada de árboles e isletas fangosas aquí y allá. Pero cuando nuestra barcaza maniobraba e intentaba volver a un ramal más navegable, algo golpeó el casco. Chocamos con un tronco semi-sumergido y fuimos a varar sobre unos bajos. La Démeter quedó escorada e inmóvil.

Después de examinar la nave pudimos observar que no había daños de consideración. Tuvimos que emplear pértigas y zambullirnos en el agua para tirar de ella mediante cuerdas, para sacarla de esa inesperada trampa. Sólo uno de los marineros, que se encargó del timón y de la caldera, y Bob, que hizo guardia con un fusil, no participaron directamente en los trabajos. Y fue un gran acierto. Mientras algunos tirábamos de los cables, chapoteando con el agua hasta la cintura, uno de esos malditos caimanes comenzó a acercarse a nosotros con malsana curiosidad. Con un par de disparos Bob logró ahuyentarlo, gracias a Dios.

Ahora, la Démeter vuelve a navegar. Sucios y empapados, intentamos sacar de nuestros cuerpos las mil y una sanguijuelas que los infestan.

Entrada 127.

Después de desandar el camino durante todo un día, de estudiar una y otra vez los mapas y de discutir sin cesar con Malraux, nuestro guía, parece que hemos vuelto a encontrar el rumbo.

Me preocupa el aspecto que Joe O’Neal ha comenzado a mostrar en las últimas horas. Parece anormalmente pálido, sudoroso y fatigado. Creo que está enfermando, que ha contraído fiebres, y me temo que no hay nadie a bordo que sepa qué hacer si la cosa va a peor.

 

Entrada 128.

Hemos sufrido un ataque.

Apenas había amanecido y nuestra nave aún estaba fondeada en una orilla con la caldera al mínimo. La mayoría aún dormitábamos sobre la cubierta, mientras Malraux y O’Neal hacían la última guardia. El calor y la humedad habían levantado algunos girones de bruma, cuando un sonido alertó a los somnolientos centinelas. De entre la niebla surgió otra embarcación, directa hacia nosotros. Se trataba de una barcaza fluvial, no muy diferente a la nuestra. Y a bordo de ella iba una tripulación de pesadilla. Un grupo andrajoso, armado con hachas, machetes y rifles, que gritaban palabras sin sentido y aullaban como auténticas bestias. Enfilaron para embestir al Démeter.

Sus voces y los primeros disparos nos arrancaron del sueño. Sólo O’Neal y Malraux pudieron devolver en los instantes iniciales el fuego, mientras me abalanzaba al armero de la cabina para repartir las armas al resto. Las balas silbaban por doquier en una sinfonía de enfermiza violencia. Después de asegurarme que todo el mundo tenía con qué defenderse, me parapeté para disparar contra ellos. Pero aquellos individuos no parecían temer nuestros disparos y ni siquiera buscaban la más mínima cobertura. Ni los compañeros caídos, ni las heridas les hacían flaquear. Sólo chillaban mientras disparaban y se arremolinaban preparándose para el abordaje. Era aterrador. Y estaban cada vez más cerca.

Nos embistieron por proa, por la amura de estribor, y por un momento el impacto nos hizo zozobrar. La nave contraria pasó arañando nuestro costado con un largo y espeluznante chirrido. Fue éste el momento en que nos abordaron, saltando sobre nosotros con una furia que soy incapaz de explicar. La nave contraria, ya sin control, pasó de largo y fue a encallar contra la orilla una decena de metros más abajo.
Aquella extraña tripulación estaba compuesta por casi una docena de hombres, en su mayoría mulatos y negros. A la cabeza había un hombre blanco armado con un revólver y sable. Sus ropas de color claro, tenían un aspecto mugriento y descuidado y su mirada era tan febril como los demás.

La refriega que siguió duró apenas unos minutos y tuvo algo de irreal. Allí no nos enfrentamos a ningún adversario como los que había conocido, ni conoceré jamás. Anteriormente, el instinto y la ansiedad del combate siempre habían arrinconado al miedo tras los primeros compases de una batalla. Pero ahora sólo podía sentir terror, un pánico descarnado ante aquellos enemigos que no pedían cuartel, que no parecían sentir cansancio y en cuyos ojos podía distinguir algo que sólo podría nombrar como oscuridad. Esos hombres parecían haber contemplado el Abismo y reflejaban todo lo tenebroso que hay en nuestra mente, tras puertas que no deberían abrirse.

Luchamos hasta que la cubierta quedó teñida de sangre. En lo reducido de ese espacio nos batimos en combate cerrado, tropezando con los cadáveres, acuchillándonos y con los ojos irritados por las nubes de pólvora. Bob Bayard atravesó con su bayoneta el pecho del líder enemigo, que resbaló y cayó de rodillas. Casi sin darnos cuenta, el combate había terminado. Joe, ensangrentado y tambaleante por las heridas, avanzó sin que nadie lo detuviese y descerrajó con su revólver un tiro a quemarropa contra la cabeza de la figura arrodillada, que cayó al agua. Ahora todo había acabado. Nuestra nave era la imagen de un campo de batalla caótico y repleto de cadáveres.

Por suerte, no tuvimos que lamentar ninguna baja. Sólo uno de los marineros y el propio O’Neal han sufrido heridas de consideración. El resto sólo tienen algunos cortes y magulladuras menores. Mientras remendábamos y vendábamos nuestros maltrechos cuerpos, recogimos algunas de las armas del enemigo y baldeamos la cubierta. A nuestro alrededor los caimanes se daban un festín con los cadáveres que arrojamos al rio. Quizás en otro tiempo los habría enterrado en una fosa bien profunda, pero ahora no importa.

Después de tomarnos un respiro, decidimos examinar la otra embarcación.
La nave, varada contra la orilla, aún conservaba encendida su caldera. Cuando la abordamos distinguimos varios cadáveres de los que abatimos antes de que se produjera el choque. Procedimos con todas las precauciones, en guardia, pero resultaron innecesarias: ya no quedaba nadie con vida. Sin embargo uno de los cuerpos llamó nuestra atención. Su cabeza y torso estaban llenos de cicatrices grisáceas, similares a abrasiones. En uno de sus bolsillos encontramos una moneda que nos sorprendió y captó nuestro interés de inmediato. Era una moneda de oro de 20$, acuñada por el banco estatal de Louisiana. Les dije a los chicos que aquellos bastardos nos pagarían una buena juerga en Nueva Orleans cuando volviéramos.

En la cabina, hallamos una biblia que contenía varios pasajes subrayados, todos ellos referentes al pecado de consumir la sangre. Joe encontró en un rincón una página arrugada. Tenía un aspecto antiguo, y parecía ser la portadilla de un libro. Mostraba el grabado horrible de una serpiente alada y unas pocas líneas de significado ominoso: De Vermis Misteriis, Ludwig Prinn, Praga 1809. Aparte de eso, se llevó consigo una medalla de San Cristóbal que colgaba junto al timón, puede que fuera lo único que transmitía algo de cordura en aquella siniestra embarcación. Apagamos la caldera de la nave y nos apresuramos a volver a la nuestra.

Génesis 9,4: Pero carne con su vida, es decir, con su sangre, no comeréis.
Levítico 17,11: Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo os la he dado sobre el altar para hacer expiación por vuestras almas.

A bordo de la Démeter, tomamos algo de café mientras relato a los hombres mis sospechas. Al evacuar Nueva Orleans, el ‘CSS Lafitte’ pudo dejar la ciudad con muchas más de estas monedas de oro. Puede que parte de las reservas del banco estatal de Louisiana se transportasen en sus bodegas, lo cual podría explicar las prisas con la que los rebeldes botaron el buque. No sé cómo una de ellas llegó a manos de esos tipos. Si pudieron formar parte de alguna unidad irregular o si eran ladrones que la habían encontrado de forma fortuita.


Si se diera el caso de que encontráramos tal tesoro, que no es nuestra misión principal, he señalado que nadie se lleve a engaño. Entregaremos el dinero a las autoridades militares. Si el oro de Nueva Orleans ayuda a que termine esta maldita guerra, nuestro deber está claro. Con la excepción de Bob, parece que ninguno de los otros ha recibido esta declaración con buena cara. Diría que incluso a Lorne le brillaban los ojos. Pero, ¿de qué le sirve todo el oro del mundo a un hombre muerto?